La maternidad real

He sido educadora antes que madre. Empecé a acompañar primero criaturas de otras personas, y además lo hacía con la complicidad y el apoyo de un equipo educativo. Y si bien estaba llena de dudas y cuestionamientos, cometía errores y muchas veces no sabía exactamente cómo actuar, me sentía segura de estar dando lo mejor de mí, confiaba en que la educación libre era la respuesta a muchas de mis preguntas y sentía que sabía por dónde ir. Y en este “optimismo educativo” decidí ser madre y debo decir que, casi de forma inmediata, parí y caí cuatro millones de escalones en materia de certezas, seguridad y optimismo. Cuando lo explico rápido lo resumo en una frase: era mucho mejor madre antes de ser madre. ¿Habéis sentido algo así cuando os habéis enfrentado a la maternidad real?

Creo, avalada por una cierta experiencia acompañando familias e infantes, que esto no sólo nos pasa a las personas que venimos del mundo de la educación, sino que es bastante generalizado tener algunas ideas claras antes de ser madre, y que estas ideas se vayan enturbiando en la práctica cuando las ponemos en contacto con la realidad de la experiencia de la parentalidad.

En nuestras ideas no suponemos el cansancio, no suponemos encontrarnos (más de lo que querríamos), repitiendo frases que hemos escuchado de pequeñas, ni siendo la familia del niño/a que está escandalizando a todo el supermercado por su berrinche en la caja. No, en nuestras ideas somos madres equilibradas, con paciencia casi infinita, con alegría para dar y repartir, que sonreímos por dentro cuando vemos la dulce reacción de frustración de nuestro pequeño retoño que, colmado de amor y comprensión, no necesita expresarse de una forma que nos parece incómoda y exagerada. Pero todas los que ya hemos traspasado la barrera de las ideas sabemos que esto no es así (aunque reconozco que no he tenido la mala experiencia de la caja del supermercado… todavía…).

En la maternidad real nos encontramos de golpe con un ser que nos necesita urgentemente y nos lo hace saber, que expresa su malestar con fuerza, y no siempre nos da pistas claras sobre qué es lo que le pasa. Y nos encontramos con que las fronteras entre descuidar, cuidar y sobreproteger que son tan definidas en la teoría, son tanto más flexibles y poco claras en la práctica. Pero sobre todo nos encontramos con que, más allá de nuestra voluntad, nuestro amor y toda la información que hemos adquirido, somos personas imperfectas y no siempre podemos actuar desde nuestros ideales. Que el día a día se torna vertiginoso y la consciencia no siempre aparece de forma clarificadora, sino que muchas veces se hace presente para hacernos dudar y generarnos culpa cuando la respuesta no es la que deseábamos dar.

Nuestras hijas e hijos nos ponen por delante cuestiones impostergables, asuntos imprescindibles, responsabilidades inexorables. La maternidad nos confronta con nuestro saber cuidar, nuestro saber hacer, nuestro saber resolver, nuestra capacidad (e incapacidad) para priorizar. Si estamos atentas la función materna nos conecta, y nos enseña todos aquellos puntos propios susceptibles de trabajo, necesitados de atención y superación. Y esto es una oportunidad inmensa si la sabemos aprovechar. Aunque en el momento pueda ser dolorosa o, al menos, incómoda.

La maternidad nos brinda, en este aspecto, una enorme posibilidad de crecimiento, de aprender a acompañar, a escuchar y escucharnos, a sentir el clima que se va generando, hacernos responsables y ver cómo mejorarlo si hace falta. No hay métodos: es una oportunidad más para traducir la teoría y las ideas de una forma personal. Es una hermosa oportunidad para aclararnos. Y para aprender de nuestros retoños. Para aprender de los errores, para enfrentar dificultades. Para aceptar, asentir y seguir avanzando y creciendo juntos. Es una oportunidad para articular el nosotros y el cuidado de la individualidad. Y para aprender desde mucho más cerca de lo que es el amor puro, el que parte de la aceptación.

Si nos paramos un momento a sentirlo, vemos lo conmovedor de la tarea de cuidar, de acompañar la vida que crece y se desarrolla y que para ello nos necesita en nuestro amor incondicional, aquel que nutre y que resulta una base segura a la cual volver una y otra vez. Y nos necesita en presencia.

Pero sobre todo es una hermosa oportunidad para bajar las exigencias, esas que en lugar de ayudarnos a hacerlo mejor nos presionan y nos hacen sentir que nada alcanza, nos hacen poner el foco en lo que no está suficientemente bien y nos dejan cada vez más pequeñas y vulnerables en nuestra tarea. Para bajar esta exigencia, que muchas veces traemos con nosotras porque nos hemos posicionado en el mundo desde el saber hacer bien, y desde ahí encontramos nuestra valía. Pero que también se nutre de la mirada de los otros sobre nuestras hijas e hijos, y de la certeza de la huella imborrable que les dejaremos; y que a veces, en lugar de ayudarnos a asumir la responsabilidad, nos deja en un espacio de culpa.

Eulàlia Torras, psiquiatra infantil, dijo en una entrevista que leí hace poco que “Por suerte, los bebés están preparados para tener padres que cometen errores”. Creo que por aquí tenemos una pista para comenzar a bajar las exigencias. Una pista que nos lleva a la aceptación propia como ser imperfecto y por lo tanto como madre imperfecta. Una aceptación de nuestra imperfección que no nos quita la valía y que, además, nos permite cuidar lo suficientemente bien.

Y hay algo más que puede ayudar mucho a bajar las exigencias: estar en contacto con otras madres. En esta época de roles abiertos y de funciones cambiantes, de poner en duda toda verdad con mayúsculas, y en la que se ha traspasado lo materno a un terreno privado y solitario, compartir con otras madres nuestros sentires y experiencias quitando los juicios de por medio, es empoderador.

La maternidad real es menos romántica y perfecta que la soñada. La maternidad sin filtros no es tan “de revista”, sino más de estar por casa. Es a veces caótica y embrollada, y ocurre mientras preparas la cena, mientras os vestís a las corridas para llegar a horario a la escuela y mientras remoloneas el domingo por la mañana (casi de madrugada, todavía), cuando tus retoños vienen a despertarte. Es algo que construimos en los pequeños detalles, en el día a día, con aciertos y errores. ¿Y qué es eso que construimos? Un vínculo, uno que empieza por aceptar al otro, a nuestro hijo/a, que sigue por la aceptación propia como personas imperfectas y sin embargo valiosas, y que se desarrolla en un diálogo en profundidad: un diálogo de actitudes y palabras, que tiene como marco el amor. Un amor que desea nutrir y que al final nos acaba nutriendo también a nosotras mismas.

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