Agresividad e infancia: cómo acompañamos

Los seres humanos somos seres sociales: el vínculo es constitutivo en nuestra especie, es un instinto vital que inaugura la propia percepción (nos percibiremos a partir del contacto) y que, a la vez, garantiza la supervivencia. No somos sin los otros, y esto es una realidad que no nos habla de dependencia vs. libertad, sino de interdependencia, como una red que nos caracteriza.

Y esta característica no es ni positiva ni negativa en sí misma, sino que, como todo, tiene sus posibilidades nutricias y sus posibilidades destructivas… Depende de cómo se concrete, de cuáles sean las reglas de juego que pongamos de trasfondo a los vínculos.

Y estas reglas de juego tienen mucho que ver con nuestra comprensión del conflicto básico que trae aparejado el hecho de ser seres sociales. ¿Cuál es el conflicto básico? Ser una integridad y pertenecer a un grupo.

Y según cómo entendamos este conflicto básico, cambiará la forma en la que acompañemos a nuestros hijxs en sus expresiones agresivas.

¿Por qué? Porque la agresividad es una energía (disponible, y por lo tanto seguramente útil en nuestra evolución), que tiene más que ver con el cuidado de la propia integridad que con la cooperación. Y según cómo leamos las tendencias humanas, que simplificándolas podríamos nombrar como egoístas o sociales, estableceremos qué es lo aceptable, qué es lo deseable, y qué no lo es.

Me explico: si entendemos que el ser humano es egoísta y asocial, entonces pensaremos que la energía agresiva, que usa para proteger su individualidad va en contra de la sociedad, y pensaríamos que es importante reprimirla para permitir la convivencia y la armonía.

¿Os ubicáis desde esta comprensión de lo humano? Es raro que alguien responda que sí, pero esto es lo que trasmitimos muchas veces a los infantes cuando los acompañamos desde la prohibición o los enfados frente a sus expresiones agresivas. De hecho, pueden incluso comprender que lo que está “mal” es defender la propia integridad, porque entienden que es esta defensa la que hace daño al otro.

Pero si realmente somos seres sociales, el conflicto es sobre todo sostener nuestra individualidad (porque corremos el peligro de dejar de pertenecer, y eso es grave para nosotros). Siempre estaremos pendulando entre lo que Jesper Juul nombra como cooperación (priorizando la pertenencia, el grupo…), y cuidado de la propia integridad.

Es decir: ser una integridad a veces me alejará de pertenecer, y en cambio, si siempre coopero, perderé mi propia integridad. Por eso es necesario que este conflicto se mantenga “activo”, no resuelto más que de forma parcial, y que el péndulo se vaya moviendo en una u otra dirección, consiguiendo equilibrios pasajeros, y siempre en revisión.

Y a esto hay que sumarle que somos seres que tardamos aproximadamente 24 años en conseguir una maduración total, y en ese proceso de madurar este conflicto entre integridad y cooperación se va resolviendo parcialmente de diferentes maneras, según las posibilidades de nuestra maduración psíquica. Y de más está decir que estas resoluciones parciales no siempre nos parecen satisfactorias, porque nos cuesta entenderlas como parte de un proceso.

¿Pero no vemos muchas veces que el ser humano tiene una actitud asocial? Muchas, pero el tema está en si esto es lo “natural”, o si es el resultado de una simple inmadurez, o del accionar educativo: si yo reprimo, conseguiré en muchos casos un ser rebelde e individualista, porque no se sentirá cuidado por el grupo. Un ser que sentirá la sociedad como enemiga, como pura coacción y no como base de apoyo para crecer. Y así es, de hecho, nuestra sociedad en muchos aspectos.

¿Realmente lo que sientes cuando te sientes a ti misma/o, es que necesitas reprimir tu impulso agresivo para permitir la convivencia? ¿O más bien que fallas en poner tus propios límites justamente porque te cuesta poner en marcha tu energía agresiva (bien encauzada)?

Como en casi todos los temas importantes de la parentalidad, es necesaria una mirada hacia dentro para poder acompañar a nuestrx hijx, una mirada hacia nuestra propia agresividad: si la tenemos integrada, si la reprimimos, si se desborda a veces, y si es así frente a qué. Si nos cuesta poner nuestros límites, y sobre todo si la podemos percibir más allá de la violencia que seguramente contra nuestra voluntad, alguna vez encarnamos.

¿Cómo es acompañar este proceso de integración de la energía agresiva sin reprimirla? Es difícil resumirlo en unas pocas líneas, pero intentaré marcar algunos puntos clave.

El objetivo cuando acompañamos la agresividad de nuestrxs hijxs, es que puedan integrarla y articularla con la empatía. Y no siempre resulta fácil encontrar cómo hacerlo, aunque es interesante tener como guía su punto de madurez y la importancia de encontrar canales de expresión, buscando derivar la agresividad más hacia lo simbólico, sin reprimirla.

Es decir: si no pueden conocer su energía agresiva, no podrán aprender a integrarla y a utilizarla con medida y teniendo en cuenta al otro, y lo que la situación amerita. Pero tampoco se trata de dejarlxs solos en ese proceso, sino más bien de acompañarlxs estableciendo espacios en los que la agresividad se pueda expresar dentro de un marco reglas claras, que eviten la culpa. Algo así pasa en la sala de psicomotricidad, pero también es posible traer a casa los juegos de lucha, los juegos de descarga, y permitirles que en el juego simbólico pueda expresarse esta energía con libertad (y con reglas claras).

En los conflictos reales con un otro, aparece la oportunidad de ir encontrando herramientas alternativas a la fuerza física o al insulto, y también la posibilidad de entrar el contacto con lo que le pasa al otro con mi accionar. Pero para eso como acompañantes debemos evitar buscar una resolución única y justa para cada conflicto, sino más bien esperar que cada nueva situación de conflicto colabore con el proceso global del infante, que durará años y no unos pocos meses como nos gustaría.

Siempre teniendo en cuenta que no ayudaré a través de la represión o la prohibición, porque como decía antes el objetivo no es que esta energía agresiva desaparezca, sino más bien que se integre con una cierta armonía, y que pueda articularse con la empatía, para lo cual es necesario que el infante sienta esta empatía de parte de sus acompañantes.

Y por último el trabajo de cada madre y de cada padre sobre sí misma/o, como modelo es importante, si no imprescindible, para que ellxs puedan tener una vivencia adecuada de su propia energía agresiva.

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